Benavente. Los intereses creados.

A pesar de haber logrado el Premio Nobel, Benavente no habría pasado a la posteridad de no haber sido por esta obra en la que se percibe su escéptica visión de la realidad que suaviza, no obstante, con el amor entre Leandro y Silvia. Presentamos aquí un resumen de la obra, cuya lectura recomendamos.

ACTO PRIMERO

Telón corto en primer término, con puerta al foro, y en ésta un tapiz. Recitado por el personaje CRISPÍN.

                       He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa, y el prelado y la dama de calidad y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière, como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y del Arte.

                       No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa guiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del arte italiano, no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos… Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.

ESCENA PRIMERA.

Leandro, un joven tímido e idealista, y el pícaro Crispín llegan sin dinero a una ciudad. Este urde un plan ingenioso. Aquí los vemos en una hostería.

LEANDRO. Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señoría y riqueza.

CRISPÍN. Dos ciudades hay. ¡Quiera el Cielo que en la mejor hayamos dado!

LEANDRO. ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.

CRISPÍN. ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.

LEANDRO. ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la Justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.

CRISPÍN. A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento. Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla si hemos de conquistarla con provecho.

LEANDRO. ¡Mal pertrechado ejército venimos!

CRISPÍN. Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.

LEANDRO. Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que, malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.

CRISPÍN. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.

LEANDRO. ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal discurro.

CRISPÍN. Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido, para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuando hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharse de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad, del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, que lo primero es acampar a vista de la plaza.

LEANDRO. ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?

CRISPÍN. Si por tan poco te acobardas, busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y salteemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.

LEANDRO. Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorrernos.

CRISPÍN. ¡Rompe luego esas cartas, y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te abrirán la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.

LEANDRO. ¿Y qué podré yo ofrecer si nada tengo?

CRISPÍN. ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte. Para subir, cualquier escalón es bueno.

LEANDRO. ¿Y si aun ese escalón me falta?

CRISPÍN. Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.

LEANDRO. ¿Y si los dos damos en tierra?

CRISPÍN. Que ella nos sea leve. (Llamando a la hostería con el aldabón.) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?

LEANDRO. ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?

CRISPÍN. ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (Vuelve a llamar más fuerte.) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!

HOSTELERO. (Dentro.) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modos son éstos? No hará tanto que esperan.

CRISPÍN. ¡Ya fue mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin posada para gente noble.

Tras hacer creer al hostelero que Leandro es un noble a la espera de su equipaje, va atrayendo hacia ellos a diversos personajes: el capitán, el poeta Arlequín, Colombina, etc. A la vez van contraen continuas deudas.Los enredos son continuos. Crispín proyecta la boda de Leandro con Silvia, hija del rico Polichinela, un nuevo rico que había conocido a Crispín en una condena previa a galeras. Crispín aprovechará esta circunstancia a su favor. Leandro se enamora realmente de Silvia y no quiere seguir con el engaño. Entre tanto llega a la ciudad el Doctor, un leguleyo que persigue a Leandro y Crispín por anteriores infracciones. Este les hace ver a todos que la única salida a tantas deudas y enredos es favorecer la boda de Leandro y Silvia. Esta es la solución al enredo.  

TODOS. ¡Casadlos! ¡Casadlos!

PANTALÓN. O todos caeremos sobre vos.

HOSTELERO. Y saldrá a relucir vuestra historia…

ARLEQUÍN. Y nada iréis ganando…

SIRENA. Os lo pide una dama, conmovida por este amor tan fuera de estos tiempos.

COLOMBINA. Que más parece de novela.

TODOS. ¡Casadlos! ¡Casadlos!

POLICHINELA. Cásense enhoramala. Pero mi hija quedará sin dote y desheredada… Y arruinaré toda mi hacienda antes que ese bergante…

DOCTOR. Eso sí que no haréis, señor Polichinela.

PANTALÓN. ¿Qué disparates son ésos?

HOSTELERO. ¡No lo penséis siquiera!

ARLEQUÍN. ¿Qué se diría?

CAPITÁN. No lo consentiremos.

SILVIA. No, padre mío; soy yo la que nada acepto, soy yo la que ha de compartir su suerte. Así le amo.

LEANDRO. Y sólo así puedo aceptar tu amor… (Todos corren hacia Silvia y Leandro.)

DOCTOR. ¿Qué dicen? ¿Están locos?

PANTALÓN. ¡Eso no puede ser!

HOSTELERO. ¡Lo aceptaréis todo!

ARLEQUÍN. Seréis felices y seréis ricos.

SEÑORA DE POLICHINELA. ¡Mi hija en la miseria! ¡Ese hombre es un verdugo!

SIRENA. Ved que el amor es niño delicado y resiste pocas privaciones.

DOCTOR. ¡No ha de ser! Que el señor Polichinela firmará aquí mismo espléndida donación, como corresponde a una persona de su calidad y a un padre amantísimo. Escribid, escribid, señor Secretario, que a esto no ha de oponerse nadie.

TODOS. (Menos Polichinela.) ¡Escribid, escribid!

DOCTOR. Y vosotros, jóvenes enamorados…, resignaos con las riquezas, que no conviene extremar escrúpulos que nadie agradece.

PANTALÓN. (A Crispín.) ¿Seremos pagados?

CRISPÍN. ¿Quién lo duda? Pero habéis de proclamar que el señor Leandro nunca os engañó… Ved cómo se sacrifica por satisfaceros aceptando esa riqueza, que ha de repugnar a sus sentimientos.

PANTALÓN. Siempre le creímos un noble caballero.

HOSTELERO. Siempre.

ARLEQUÍN. Todos lo creímos.

CAPITÁN. Y lo sostendremos siempre.

CRISPÍN. Y ahora, Doctor, ese proceso, ¿habrá tierra bastante en la tierra para echarle encima?

DOCTOR. Mi previsión se anticipa a todo. Bastará con puntuar debidamente algún concepto… Ved aquí: donde dice… «Y resultando que si no declaró…», basta una coma, y dice: «Y resultando que sí, no declaró…» Y aquí: «Y resultando que no, debe condenársele…», fuera la coma, y dice: «Y resultando que no debe condenársele…»

CRISPÍN. ¡Oh, admirable coma! ¡Maravillosa coma! ¡Genio de la Justicia! ¡Oráculo de la Ley! ¡Monstruo de la Jurisprudencia!

DOCTOR. Ahora confío en la grandeza de tu señor.

CRISPÍN. Descuidad. Nadie mejor que vos sabe cómo el dinero puede cambiar a un hombre.

SECRETARIO. Yo fui el que puso y quitó esas comas…

CRISPÍN. En espera de algo mejor… Tomad esta cadena. Es de oro. SECRETARIO. ¿De ley?

CRISPÍN. Vos lo sabréis que entendéis de leyes…

POLICHINELA. Sólo impondré una condición. Que este pícaro deje para siempre de estar a tu servicio.

CRISPÍN. No necesitáis pedirlo, señor Polichinela. ¿Pensáis que soy tan pobre de ambiciones como mi señor?

LEANDRO. ¿Quieres dejarme, Crispín? No será sin tristeza de mi parte.

CRISPÍN. No la tengáis, que ya de nada puedo serviros y conmigo dejáis la piel del hombre viejo… ¿Qué os dije, señor? Que entre todos habían de salvarnos… Creedlo. Para salir adelante con todo, mejor que crear afectos es crear intereses…

LEANDRO. Te engañas, que sin el amor de Silvia, nunca me hubiera salvado.

CRISPÍN. ¿Y es poco interés ese amor? Yo di siempre su parte al ideal y conté con él siempre. Y ahora, acabó la farsa.

SILVIA. (Al público.) Y en ella visteis, como en las farsas de la vida, que a estos muñecos como a los humanos, muévenlos cordelillos groseros, que son los intereses, las pasioncillas, los engaños y todas las miserias de su condición: tiran unos de sus pies y los llevan a tristes andanzas; tiran otros de sus manos, que trabajan con pena, luchan con rabia, hurtan con astucia, matan con violencia. Pero entre todos ellos, desciende a veces del cielo al corazón un hilo sutil, como tejido con luz de sol y con luz de luna, el hilo del amor, que a los humanos, como a estos muñecos que semejan humanos, les hace parecer divinos, y trae a nuestra frente resplandores de aurora, y pone alas en nuestro corazón y nos dice que no todo es farsa en la farsa, que hay algo divino en nuestra vida que es verdad y es eterno y no puede acabar cuando la farsa acaba.

Mimo francés del XVII

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