Ana María Matute. Mar. Relato

Ana María Matute, la autora de este desesperanzador cuento, formó parte de la Real Academia Española hasta su muerte en 2014 y fue la tercera mujer en recibir el Premio Cervantes.

Tal vez pueda ser considerada la mejor de las novelistas de la posguerra española pero sin embargo creo –y esto es una opinión meramente personal- que su calidad no ha sido suficientemente reivindicada, tal vez por el hecho de ser mujer.       

Este cuento fue publicado en 1956, cuando su único hijo, Juan Pablo, tenía unos dos años. Es de suponer que este hecho y los miedos propios de cualquier padre o madre influyeran en su creación. Por otro lado ella misma, al igual que el niño del cuento, tuvo que trasladarse por motivos de salud desde su Barcelona natal. Y sin más, vamos a leerlo.

 

Mar

Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas. Pobre niño, estaba doblado, amarillo. Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde.

Pero cuando llegó al mar se quedó parado. Su piel, ¡qué extraña era allí! “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.
Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.

“¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde.
Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: “¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia!”.

Los niños tontos (1956), Barcelona, Destino, 1978

Si quieres saber más sobre Ana María Matute

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